viernes, 16 de marzo de 2012
El matarratas
Esta es la historia de un matarratas. Un matarratas, guardado en un bote, en el estante de algún garaje o sótano de algún pueblo perdido de Marruecos. Un veneno que, como su nombre indica, podría servir para matar ratas. Aquellas ratas podridas por dentro, que abusan cruelmente de sus víctimas abriéndoles una herida que nunca más se podrá cerrar; pero también todas aquellas ratas que protegen y apoyan a las primeras. Las que con sus patas arañan la herida de la víctima hasta que ésta, finalmente, acaba muriendo desangrada.
Sin embargo, este matarratas no mató a ninguna de esas ratas. Mató a una paloma blanca. Una paloma blanca y joven, a quien habían cortado para siempre las alas para volar.
La paloma se llamaba Amina, y era una niña de 16 años. Era una niña normal, con una vida por delante y unas ilusiones que quedaron destrozadas cuando sufrió una violación, y que murieron definitivamente cuando se enteró de que, "por honor", debía casarse con el violador. Que debía vivir para siempre con aquella escoria humana, causante de todas sus pesadillas.
Abandonada, herida y sola, decidió beber de un veneno para ratas para poner fin a la pesada cruz que quebraba sus costillas.
Y cuántas Aminas habrá en el mundo. Cuántas aves aprisionadas. Pero, mientras tengamos brazos, no tenemos excusa para luchar por romper sus jaulas.
miércoles, 22 de febrero de 2012
Mondo bizarro
Demasiado alto y demasiado delgado, llevaba ropa oscura y ajustada que aún marcaba más su enfermiza figura. Su inexpresiva cara quedaba casi siempre oculta por unas gafas de sol, a su vez enterradas bajo una desordenada cabellera.
Como persona, Joey era alguien más bien retraído, callado. Sin embargo, cuando abría la boca, decía cosas bastante razonables. Tenía mucha imaginación, demasiada, quizá más de la que la sociedad de entonces podía soportar. Le tachaban de loco, pero no cariñosamente, como se hace con los genios. No era un artista loco, no era un loco carismático: él era un loco indeseable. Jamás nadie se molestó en averiguar qué existía bajo esa descuidada melena, ni recibió en vida el reconocimiento que se merecía.
Y así transcurrió su vida, errática como su torpe caminar; de bandazos entre la emoción y el dolor, la fama y la incomprensión, la traición y el compañerismo. Por la noche, la larga sombra de las calles de Nueva York que se ahogaba en depresión y excesos. Y por las mañanas, el viejo Atlas que, como cada día y como todo el mundo, debía cargar a sus espaldas con este mundo bizarro. Hasta que el pobre hombre se murió con 40 y tantos años en un hospital de Nueva York, tras una larguísima enfermedad que puso colofón a su patética vida.
¿Y qué es lo que hace especial a este hombre frustrado, a esta sombra decaída? Tal vez lo que tenía dentro de su cabeza. Porque especial debía tener en su mente para cantar What a Wonderful World mientras su enfermedad le comía por dentro. Para tachar de maravilloso al bizarro mundo que le mató a él. El mundo que nos matará a todos.
domingo, 5 de febrero de 2012
La doble cara del progreso
Siempre me ha impresionado la historia de mi bisabuela.
Nació no hace tantos años, a principios del siglo XX, o a finales del XIX. Según los historiadores, esta época se caracterizó por una creciente industrialización y desarrollo en varios países de Europa.
No en la rural y deprimida Castilla. Donde nació ella.
Mi bisabuela se dedicó al duro trabajo del campo desde que tuvo uso de razón, y nunca fue a la escuela. Era de una familia extremadamente pobre, de modo que se tuvo que casar jovencísima para poder sobrevivir. A mi edad, ya tenía dos hijos. Y con 23 años, se murió. De una apendicitis.
Y ya está, esa fue toda su vida.
Y yo, que apenas me separan 2 generaciones y un siglo de esta mujer a la que debo una parte importante de mis genes, tengo una vida radicalmente distinta a la suya. Yo, ahora mismo, tengo la oportunidad de estudiar, de viajar, de conocer y aprender cada día cosas nuevas. Voy al supermercado, y encuentro comida; puedo llegar a la otra punta del mundo en cuestión de unas horas. Si me entra una apendicitis, voy al hospital, me la curan y al poco tiempo, si no surgen complicaciones, estaré otra vez en casa. Y si me caso y tengo hijos, será algo que dependerá de mi voluntad y que podré hacer a la edad que quiera.
Tengo una esperanza de vida de más de 80 años.
Y todo gracias al progreso. A ese brutal escalón que hemos subido en los países desarrollados, que nos ha permitido conocer una calidad de vida sin precedentes en la historia humana.
Pero este progreso tiene un precio. Más concretamente, es una deuda que la humanidad actual está contrayendo con la naturaleza, y de momento nosotros no estamos pagando esa deuda. Entonces, ¿quién lo hará?
Quizá lo haga mi bisnieta. Ella nacerá, posiblemente, a finales del siglo XXI o a principios del siglo XXII. Y se encontrará con un mundo contaminado, sobreexplotado, lleno de humo y basura. Vivirá una tercera (o cuarta) guerra mundial, pues las personas serán muchas y los recursos serán pocos. Y no conocerá los glaciares ni los bosques más que por los viejos libros de historia.
Mi bisnieta, cada noche, mirará al cielo preguntándose cuándo descubrirán de una puta vez un planeta similar a la Tierra al que poder huir, pues estará muy disgustada de la herencia que le ha dejado la generación de su bisabuela.
Y he aquí mi dilema intergeneracional: mi bisabuela y mi bisnieta me tiran cada una de un brazo. Mi bisabuela dice "progreso". Y mi bisnieta, "sostenible". Y la frase que forman las dos palabras es por lo que debemos luchar si queremos un mundo más justo con nuestros ancestros y nuestros descendientes.
Nació no hace tantos años, a principios del siglo XX, o a finales del XIX. Según los historiadores, esta época se caracterizó por una creciente industrialización y desarrollo en varios países de Europa.
No en la rural y deprimida Castilla. Donde nació ella.
Mi bisabuela se dedicó al duro trabajo del campo desde que tuvo uso de razón, y nunca fue a la escuela. Era de una familia extremadamente pobre, de modo que se tuvo que casar jovencísima para poder sobrevivir. A mi edad, ya tenía dos hijos. Y con 23 años, se murió. De una apendicitis.
Y ya está, esa fue toda su vida.
Y yo, que apenas me separan 2 generaciones y un siglo de esta mujer a la que debo una parte importante de mis genes, tengo una vida radicalmente distinta a la suya. Yo, ahora mismo, tengo la oportunidad de estudiar, de viajar, de conocer y aprender cada día cosas nuevas. Voy al supermercado, y encuentro comida; puedo llegar a la otra punta del mundo en cuestión de unas horas. Si me entra una apendicitis, voy al hospital, me la curan y al poco tiempo, si no surgen complicaciones, estaré otra vez en casa. Y si me caso y tengo hijos, será algo que dependerá de mi voluntad y que podré hacer a la edad que quiera.
Tengo una esperanza de vida de más de 80 años.
Y todo gracias al progreso. A ese brutal escalón que hemos subido en los países desarrollados, que nos ha permitido conocer una calidad de vida sin precedentes en la historia humana.
Pero este progreso tiene un precio. Más concretamente, es una deuda que la humanidad actual está contrayendo con la naturaleza, y de momento nosotros no estamos pagando esa deuda. Entonces, ¿quién lo hará?
Quizá lo haga mi bisnieta. Ella nacerá, posiblemente, a finales del siglo XXI o a principios del siglo XXII. Y se encontrará con un mundo contaminado, sobreexplotado, lleno de humo y basura. Vivirá una tercera (o cuarta) guerra mundial, pues las personas serán muchas y los recursos serán pocos. Y no conocerá los glaciares ni los bosques más que por los viejos libros de historia.
Mi bisnieta, cada noche, mirará al cielo preguntándose cuándo descubrirán de una puta vez un planeta similar a la Tierra al que poder huir, pues estará muy disgustada de la herencia que le ha dejado la generación de su bisabuela.
lunes, 9 de enero de 2012
Ellas
Ellas no aparecen en los libros de texto, ni en las páginas perdidas de las enciclopedias, ni se las incluye entre los grandes personajes de la Historia Universal.
Pero hubo un tiempo, cuando la conciencia humana era joven, en el que de ellas dependía el destino de su pueblo. Ellas eran las que tenían la capacidad inexplicable y milagrosa de traer al mundo un nuevo miembro de la tribu, capacidad por la que sufrían e incluso entregaban su vida; y lejos de ser ese un motivo de menosprecio, por ello se las cuidaba e incluso se las rendía culto como si fueran deidades.
Ellas eran fuertes y emprendían largas migraciones en busca de un futuro mejor para su clan. Ellas conocían la naturaleza, recogían los frutos de la tierra, dominaban las primeras formas de industria y arte y aunque otras actividades solían estar reservadas a los hombres, también se enfrentaban a las bestias y también luchaban por proteger a su pueblo si habían de hacerlo.
Y de generación en generación, de abuelas a madres y a hijas, se transmitía la sabiduría que adquirían a través de los siglos y milenios de experiencia.
Pero un día apareció el patriarcado y todas estas mujeres fueron aplastadas, enterradas y olvidadas. Sin embargo, ellas son nuestras madres y por ello debemos recuperarlas y rendirlas un gran homenaje.
miércoles, 28 de diciembre de 2011
Sálvame
Sálvame del aburrimiento, sálvame del hastío, entretenme con tu triste circo de bufones diabólicos y payasas demacradas. Dame un ticket para el barco de Caronte que me lleve hacia vuestro Hades de vulgaridad y envidia.
Sálvame de mis complejos, de mi baja autoestima, al mostrarme cómo a X famosa su novio le ha puesto los cuernos, cómo la habéis pillado en bikini, mostrando que tiene cuerpo de mortal y no de diosa. Y déjame soñar por un momento que soy feliz con mi matrimonio y que yo, en realidad, no estoy tan gorda como ella...
Sálvame de ser alguien los miércoles después de comer, de tener aquella brillante idea que me haga salir del aburrimiento y la mediocridad. Sálvame del espíritu crítico y del pensamiento propio.
Sálvame de apretar el botón para apagar la tele, de desconectar ese enchufe que me mantiene, vía intravenosa, enganchada a la droga que me suministráis, la que me hace sentirme bien con las desgracias de los demás.
Sálvame de tener una vida. Sálvame.
domingo, 18 de diciembre de 2011
El fin del mundo
¡Mírala! Es nuestra tierra. Gorda, fresca y hermosa. Como una lechuga. Pero no te engañes: el invierno llegará, y no hay invierno que indulte una lechuga.
Para ti, insignificante humano, la tierra yace majestuosa en medio de la oscuridad, como un zafiro azul, vestida con sus océanos, que a ti se te antojan inmensos. Cuyos primeros descubridores navegaron, pensando que su fin era el abismo. Pero nuestra tierra no es más que un charco en el Universo. Y los charcos, tras la lluvia, se secan.
El 21 de diciembre de 2012 será el fin del mundo. Ese día, el sol saldrá, los aviones despegarán, los trabajadores apagarán, gruñendo, sus despertadores por la mañana. Los noticiarios comentarán el suceso con una cierta levedad. Los miembros de alguna secta extraña se suicidarán en masa.
Los niños correrán en el patio del colegio, los abuelos jugarán a las cartas, los enamorados se entregarán al amor, pues el tiempo huye de entre sus manos. Los indigentes seguirán en la calle, los inocentes, en la prisión, los delincuentes en el gobierno. Los músicos seguirán tocando, como siguió tocando la banda del Titanic hasta el mismo momento en que se hundió y sus músicos murieron ahogados.
Todos tendrán en sus mentes a aquel hombre indígena del pueblo maya, que alguna noche en el templo, descubrió, temblando, con sus cálculos; que la naturaleza, como una canción, tenía un ritmo. Unos ciclos. Una estrofa y un estribillo. A esta canción la llamó calendario. Y el 21 de diciembre de 2012 será su último acorde.
¿Asomará el Sol su cabeza, por primera vez, en alguna remota isla del Pacífico el día 22 de diciembre? Es posible. Por qué no. No viola las leyes de la física, ni los principios de la ciencia. Pero, igualmente, el día 21 será el fin del mundo. Al igual que todos los días desde que la Tierra nació, fruto de una explosión cósmica. Porque, cada 24 horas que pasan, el mundo se acaba un poco. Y si aún sigue girando es por el capricho de algún dios. Pero no puede escapar de su destino.
sábado, 10 de diciembre de 2011
Youth of the Nation
Hola, somos los jóvenes de la nación. Unos, españoles, otros extranjeros. Mujeres y hombres, blancos y negros. Unos estudian, otros trabajan y a una gran parte no le queréis dar la oportunidad de entrar en el mercado laboral. Unos no llegamos a los 15 años, otros tenemos más de 30.
A nosotros os dirigís, hipócritas, en vuestros discursos, como que somos el futuro y la fuerza de la nación. Como que somos la semilla de una planta fresca y sana, que después rasgáis y pisoteáis a vuestro antojo. Somos nosotros aquellos a los que despreciáis y desacreditáis, aquellos a los que creéis tan ingenuos y atontados viendo la televisión que podéis introducir las ideas que queráis en nuestra mente. Hacer que dejemos de ser dueños de nosotros mismos.
Somos aquellos a los que tratáis de convencer de que para ser felices hemos de consumir desaforadamente, tener más, para demostrar que somos superiores al resto de los mortales.
Nos conmináis a fagocitarnos los unos a los otros, a aplastar al compañero, a abandonar todo lo que somos y todo por lo que hemos luchado, en pos del éxito profesional, el pilar principal en nuestra vida. Hemos de ser trabajadores motivados y eficientes y vivir por y para nuestra empresa, la cual no nos pagará ni la mitad del salario con el que podamos vivir dignamente.Nos condenáis a "ser felices", eso sí, a vuestra manera. Porque aquí, al que no lo es, le colgáis la etiqueta de "fracasado".
Nos invitáis, bajo populistas campañas políticas, a jugar a vuestro juego, a entrar a vuestro sistema. Como si de una secta se tratara, a despreciar al que no entra. Nos metéis en una sala oscura y nos proyectáis vuestra película; nos inyectáis vuestros conceptos de felicidad, éxito, amor y vida. Y después, al abandonar la caverna, la realidad es cruda, el sol nos ciega. Así que ahora nuestros ojos están cerrados.
Temed el momento en que les abramos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

